DescargasDeVida

Descargas de vida

(Reproducción del artículo de Paco Rego publicado en suplemento dominical “Crónica” de El Mundo el pasado 8 de febrero con la participación del dr. García-Foncillas. Fotos de Olmo Calvo).

  • Tiene 36 años y desde junio vive enchufado a un experimento mundial para 700 elegidos

  • Intentan achicharrarles el cáncer de cerebro que padecen con descargas eléctricas

  • ‘Crónica’ acompaña al empleado de banca en su lucha diaria

  • “Era mi última oportunidad. Me dieron el ‘as’ y aposté”

“Toca sin miedo”, me dice Pedro acercando su testa herida y pelada. Al poner mi mano sobre su cabeza, en la que aún perduran dos buenas cicatrices de sus batallas contra el alien, noto al instante un extraño calor. Como si estuviera tocando la superficie de una parrilla de cocina recién enchufada a la corriente.

-Estas descargas me están dando vida… -murmura él al tiempo que se palpa el cuero cabelludo.

Pedro, desgarbado y alto (mide 1,80), parece el superviviente de una catástrofe de película. Y en cierto modo lo es, vaya si lo es. De su cabeza, cubierta permanentemente por una malla blanca, sale un manojo de cables -36 en total- que van conectados a una mochila con baterías a su espalda. Ni para dormir se la quita. “Estos cables son mi cordón umbilical, el que hace que me mantenga en este mundo”. Su vida.

Cada segundo, 22 horas al día, descargan una corriente que va como un misil hacia el monstruo estrellado, el glioblastoma, el peor de los tumores, que lleva alojado en su cerebro. Al impactar, rompe las células malignas y evita que se reproduzcan. “Esto, más que electricidad, es luz para mí”, dice el madrileño. Y también esperanza. “Me dijeron que podrían alargar mi existencia. ¿Hasta cuándo? Lo único cierto es que sigo aquí“. Sí, ahí está Pedro, desahuciado hace ya nueve meses, yendo a trabajar a Bankinter cubierto de cables. Ahí va de paseo, como un padre más del barrio. Ahí va de la mano con su pequeño Daniel al parque.

-Cuando me dijeron que había sido elegido para el experimento ni me dio tiempo a pensar… Era mi última oportunidad, lo sabía, me dieron el ‘as’ y aposté.

Pedro Luis González, 36 años cumplidos, es uno de los 700 enfermos seleccionados en todo el mundo que en la actualidad participan en un ensayo pionero, el más avanzado, junto a una veintena de españoles, 12 de la Clínica Jiménez Díaz de Madrid y el resto del Hospital del Mar de Barcelona. Y a juzgar por los primeros resultados obtenidos en Estados Unidos la cosa funciona: un 43% de los pacientes con glioblastoma sigue vivo a los dos años frente a sólo el 29% que lo lograba antes de este nuevo tratamiento. Y el bancario Pedro va camino del primer año de su nueva vida.

Creyente desde que era joven -“aunque de poca misa”-, hace tiempo que Pedro dejó de rezar. “He roto mis relaciones con el de arriba”, confiesa levantando la mirada hacia el techo del salón. Su altar particular ahora se encuentra en la habitación de al lado, la de servicio, donde Ana, su esposa, guarda la mesa de la plancha y cuelga a secar la ropa. Allí recarga, conectadas a un enchufe de la luz, las tres baterías de reserva que le ayudan a mantenerse vivo. “Esta es mi gasolinera, ¿ves?, aquí vengo a repostar”, comenta él sin perder el humor. Lo hace cada tres horas, el tiempo que dura cada una de las pilas, del tamaño de un ordenador portátil. Lo lleva bien, dice.

-¿Le miran de manera rara por la calle?

-Ya no me importa, la verdad, aunque siempre aparece alguien tentado a preguntar por qué llevo esto en la cabeza o para qué sirve este cable que me cuelga o qué llevo en la mochila. En parte, lo entiendo, es todo muy llamativo.

La cabeza de Pedro es como una parrilla. Treinta y seis electrodos sujetos al cráneo por ventosas blancas descargan “misiles” de electricidad

-Usted va así al trabajo. ¿Cómo reacciona la gente?

-Yo no estoy cara al público, me dedico a rescatar fondos, hago análisis y trabajo con números… Y cuando la batería avisa, la cambio por otra que traigo de casa… Soy un hombre enchufado a la electricidad. [Fue él mismo el que pidió que le dieran el alta médica].

Mientras habla, Pedro se levanta del sofá y camina hacia una de las fotografías que cuelgan de la pared del salón familiar. Es de antes de aquel fatídico 15 de septiembre de 2003. Eran tiempos felices. Se le ve fuerte y atlético en medio de una brecha de un glaciar en Noruega, un lugar que le fascina. Le digo que tiene que volver allí. Entonces los ojos se le humedecen y mira fijamente al periodista: “Con los cinco kilos que llevo a la espalda lo veo complicado”, zanja con una media sonrisa. ¿Hasta cuándo? “Tengo para dos años, hasta 2017″. ¿Y después? “Ahora lo que me importa es el mañana, levantarme un día más y ver a mi hijo y a mi esposa, y dejar atrás el pasado”.

Aquel domingo de 2003, festividad de la Virgen de los Dolores, todo empezó a torcerse. Regresaba de una cena con amigos y tras meterse en la cama, siendo ya madrugada, su cuerpo comenzó a temblar de manera incontrolada. Le había dado un ataque epiléptico de los fuertes. Los médicos concluirían horas después que todo partía de un tumor. Era tan grande que se había extendido a la corteza del cerebro. “La operación había salido bien y me dijeron que aparentemente era benigno”, recuerda Pedro de su paso por el Hospital Rey Juan Carlos de Móstoles. El mal sueño parecía haber pasado.

Pero las células malignas volvieron a crecer y a reproducirse en él. Y esta vez el diagnóstico era más negro aún: glioblastoma, el tumor de cabeza más agresivo que existe. Si alguna esperanza había, le aconsejaron los galenos, estaba en manos del hombre que más adelante iba a elegirlo para el experimento, el neurocirujano Julio Albisua, de la Jiménez Díaz.

“Aquello fue como ir a Lourdes en busca de un milagro, aún sabiendo que los milagros no existen y que yo ya me estaba apagando”, recuerda Pedro. Volvió al quirófano y de nuevo probó la quimio y la radioterapia. Perdió 15 kilos y se puso en 55, un peso escaso para un hombretón de 1,80. Era el 20 de mayo de 2014. Los médicos habían entrado a matar con precisión guiados por una luz previamente generada en el cerebro del madrileño.

“Hicimos que el tumor se volviera fluorescente mediante una sustancia, gliogan, un jarabe que le dimos al paciente seis horas antes de la operación. De esa manera -explica el neurocirujano Julio Albisua- pudimos delimitar muy bien su extensión y atacarlo sin correr el riesgo de dañar las partes sanas que lo rodean”.

La batalla, a muerte durante seis horas, sin embargo no resultó suficiente. Si quería seguir soñando con un futuro, Pedro debería convertirse por sí mismo en un experimento, en un hombre-cobaya. “Soy un gran afortunado”, dice.

Esta enfermedad destruye la capacidad de pensar, la memoria, la personalidad y nuestra forma de modular las emociones y el comportamiento. Aunque a Pedro, el afortunado, ninguno de estos males le ha atacado.

-¿Le ha cambiado mucho la vida?

-Más allá del incordio de la mochila y del aspecto que ahora tengo, no mucho, la verdad, excepto que no puedo hacer deporte ni ir a la nieve como antes…

-Usted me dijo de pasada que ha estado sin ducharse varios días por no dejar la mochila…

-Por miedo.

-¿A qué?

-Miedo a que los electrodos en mi cabeza se quedasen sin energía para descargar. Me obsesionaba tanto la idea de que mientras me duchaba el tumor podía crecer, que no me la quitaba de la espalda. Como el caparazón de la tortuga, me sentía desprotegido.

-¿Y ahora?

-Ya no. Cada tres días me quito esta especie de ventosas blancas que llevo en la cabeza y me pongo otras nuevas. ¿Quieres verlo? Podéis hacer fotos…

Son casi las 10 de la noche y a Pedro ya se le va notando el esfuerzo de día. A diario se levanta a la seis para ir al trabajo. De regreso juega con su hijo, que “no para ni dormido”, sale, queda con los amigos… Antes de entrar al baño para despojarse de todo el cableado que lleva encima pasa por la cocina a por un trozo de tarta de manzana. La imagen, aunque normal para él, nos sorprende. Visto de perfil desde la puerta, Pedro recuerda a la figura de un cíborg.

-¿Hace alguna dieta?

-Tampoco, como de todo y la cantidad que me apetezca. Estoy delgado pero fuerte para poder cargar con todo esto.

Cuenta que al volver a casa tras saber que le habían elegido para el ensayo internacional quiso conocer más y recurrió a internet. “Al final lo dejé y ya nunca más se me pasó por la cabeza ir en busca de explicaciones. Sé lo que hay y no siento temor. Lo que quiero es ver crecer a mi hijo Daniel“. El pequeño ya ha dejado de preguntar. Mira a su padre con ojos pícaros, sin poner cara de asombro, intenta agarrar el manojo de cables que le salen de la cabeza a Pedro, otras veces trata de hurgar en la mochila o acaricia los electrodos de su cuero cabelludo.

Lo que hoy mantiene vivo a Pedro es un sistema demasiado novedoso aún. Nació en el Centro Tecnológico de Haifa (Israel), un referente mundial en máquinas avanzadas, y se basa en el descubrimiento de que una corriente eléctrica puede impedir que las células tumorales se reproduzcan.

Se trata, explica el oncólogo Jesús García Foncillas, otro de los expertos de la Jiménez Díaz, de “campos eléctricos de baja intensidad que no sólo consiguen frenar la división de las células, sino que impiden que puedan moverse y diseminarse, lo que reduce bastante la posibilidad de metástasis. Es todo estrategia, como en la guerra”. Hay más: “Una vez que el proceso biológico se interrumpe las células malignas mueren por apoptosis (lo que se conoce por suicidio programado)”, concluye Foncillas.

El tratamiento, aprobado ya en Estados Unidos, donde la esperanza de vida de los pacientes con glioblastoma tratados con electricidad ha pasado de nueve meses a más de dos años -“un avance impresionante”, añade el oncólogo-, se encuentra en fase de prueba en Europa (Alemania, Reino Unido, Francia, Holanda y España) y su precio futuro rondaría los 150.000 euros.

-El calor que me produce en la cabeza es lo que peor llevo. El resto, como las muletas para un cojo, forma ya parte de mí.

Como buen conversador que es, Pedro alarga el encuentro con Crónica. Agarra de una mano a su pequeño y se lo lleva a su habitación para acostarle. Lo abraza y le da las buenas noches. Mientras tanto, Ana se pasa por la “gasolinera” y comprueba si las baterías se han cargado. Le pregunto cómo lo lleva. “Ufff, qué difícil. Nos íbamos a casar cuando de repente la vida en común que habíamos soñado de novios saltó por los aires. Todo, los horarios, los compromisos, el simple hecho de pensar en algo que te gustaría hacer mañana, depende, como es lógico, de cómo le vaya a él. Y así tiene que ser. Nos ha tocado…”.

Seis casos de glioblastoma cerebral por cada 100.000 habitantes, dicen las estadísticas. Y Pedro, que aspira a romperlas. Mañana lunes tiene revisión. Las anteriores le dieron alas. El alien parecía estar dormido en su cerebro. “Hay que ir a por él”, esgrime el valiente Pedro, al que sus íntimos llaman “héroe”. “¿Entiendes ahora por qué yo no quería desprenderme de la mochila y de los cables para ducharme? Cada segundo, cada minuto que bajas la guardia, es oxígeno para el maligno… Y hoy tenemos la oportunidad única de abrasarlo. Y de nuevo vivir.

0 comentarios

Escribe tu comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Agradecemos tu participación.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>